Dentro de los beneficios que me ha dejado correr está la posibilidad de descubrir y apropiar los espacios por donde quiera vaya haciendo mis tareas.
No hay calle ni parque, montaña o camino que estén vedados a mis pasos.
Y en ese ensimismamiento que nos caracteriza y mientras nos escuchamos el latir del corazón o vamos calculando segundo a segundo el ritmo, cuidando la postura, visualizando una línea de meta, sumergidos en una burbuja, vemos rostros con sus mil y una expresiones; van los preocupados, quizás pensando en un tema por resolver, van los apurados mirando su reloj sin mirar, van los bailadores que llevan el paso al ritmo de la música que escuchan, van todos ellos y uno los mira…


En esta carrera loca observo el entorno, las calles, algunas tocadas por manos generosas y otras por manos indiferentes y descuidadas. Están las calles tumultuosas y las solitarias, mis preferidas. Me encuentro con los grafitis, expresiones de arte y sentimientos así como nuestros pasos, y por ahí le hago el quite a un andén roto aunque otro me haya mandado de pleno contra el pavimento.
Y los ruidos de ciudad tan indescriptibles por estar uno sobrepuesto sobre el otro, en mi ruta adquieren personalidad y en sus tonos marcan la fuerza de cada zancada.
Si el recorrido es en trillo, por un camino destapado rodeados de naturaleza, ¡qué maravilla! aíre fresco en los pulmones, por compañía los monos y sus gritos que yo interpreto como voces de aliento, y a las piedras sueltas y los troncos atravesados parte del equipo que hacen más exigente el entrenamiento.

Y uno de mis lugares favoritos, el mar…
Me llené tanto de él que su energía perdurara en mí por siempre. Me hice corredora dorando mi piel tras muchísimos kilómetros recorridos a su lado; la sal de sus aguas, de mis lágrimas y mi sudor curó más de una herida y fortalecieron mi espíritu para asumir nuevos retos. La brisa, que me empujaba con fuerza, fue mi entrenadora, ella me enseño con su tibieza, entre tantas otras cosas, cómo recibir los fríos vientos en la Maratón de Chicago. Recuerdo que al ir entregando mi último aliento en alguna serie, gritaba en pleno puente del Tramo Marino ¡Ahí te voy Chicago! y el mar chocando contra las rocas decía amoroso, “Te estoy entregando mi vida, ¡ Vé a ello!”


En sus playas recibí más premios de los que nunca imaginé, suficientes para mantener vivo el amor por él y soñar, sí soñar porque no cuesta nada.
Correr nos hace libres y capaces de superar los obstáculos del camino, sino pasamos sobre ellos, los rodeamos o los hacemos nuestros. Nada fortalece tanto como entrenar hacia un objetivo y con ello, vivir cada paso y cada palpitar.

Correr nos ofrece la excusa para ir tras nuevos espacios, re-descubrir los ya conocidos y disfrutar de su compañía.
Deja un comentario